A la vuelta de un viaje siempre experimento la misma sensación. Llevo poco más de una semana por mi casa y ya la estoy empezando a perder. Esa sensación de la que hablo es agridulce pero para mí una de las mejores sensaciones que tiene un viaje.
Es volver a pisar una calle que reconoces pero a la vez algo extraño hay en ella, es volver a hablar con la gente de toda la vida pero sentir que algo ha cambiado, y no, no son ellos. Es despertarte en medio de la noche y no saber en qué habitación estás esta vez ni quién es esa persona que tienes a tu lado. Es el jet lag que siempre permanece, son las rasgaduras, picadas de insectos desconocidos que aún permanecen, son los dolores de estómago que ya van relajando, son los olores que vas exhalando poco a poco por mucho que te duches. Pero sobre todo, es el cambio de mirada. Sólo dura unos días pero es algo mágico ver tu normalidad como extraña, tu casa como ajena, tu pareja como alguien un poco más desconocido, tus costumbres como ya distantes de lo que te gustaría hacer, o al menos en parte. Esa sensación dura poco, como digo, pero es el resultado de todo tu viaje. Todo lo que has cambiado en esa travesía se refleja en esos instantes en que tu ser se enfrenta a tu propia realidad. Al final, como siempre, gana el hábito y la normalidad de cada uno, pero yo quiero creer que algo permanece por muy hondo que quede.
Bienvenido a casa...
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2 comentarios:
¡¡¡¡cómo te entiendo!!!!
y cualquiera que haya viajado seguro que también... lo mejor de todo es que la manera en que lo expresas, lo comunicas, lo describes... hace que sienta esa sensación de nuevo, y como me encanta viajar pero por circunstancias lo hago muy poco, es genial revivirlo por un instante.
Sigue contando las cosas como las cuentas porque "llegas" a quien lo lee.
Y yo que pensaba que me había vuelto loco al experimentar eso mismo al volver de mi viaje a japon de 15 días...
Me alegra saber que es normal
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